Cómo han acabado, cómo han acabado, estos pobrecitos superdotados
Luego que si me cabreo, que si soy borde, que si me pongo así y que si no se puede estar siempre asao. Mirad el articulito que me he encontrado en un número reciente del suplemento de "El Mundo":
Por si no tenéis ganas de pararos a leerlo ahora (aunque os recomiendo que lo hagáis; de verdad), la cosa va de varios superdotados que no han conseguido en la vida el éxito que su elevado, elevadísimo coeficiente intelectual pronosticaba. Habla, por ejemplo, de una con un C.I. de 148 que "sólo" es cajera de supermercado, de uno con un C.I. de 160 que se gana la vida vendiendo seguros puerta a puerta, de otro con un C.I. de 145 que gana 650 euros al mes; hasta de una vieja conocida, la "superdotada acosada" de la entrada anterior, que por su, ejem, poca vista para el automarketing, sigue en el paro más miserable (¿pero a quién se le ocurre pedir trabajo diciendo "soy más lista que todos vosotros", mujer de Dios?).
El motivo de mi cabreo ha sido, ni más ni menos, la miopía mental y la ignorancia del personal, que cree que un C.I. alto forzosamente va a hacer a su orgulloso poseedor digno acreedor a los mejores puestos de trabajo, a los mejores sueldos y a los mejores estátuses sociales.
La idea, que puede sonar "lógica", es en realidad estúpida; tan estúpida como pensar que cualquier persona que mida más de dos metros va a ser un fenómeno del baloncesto. Vale que para jugar al baloncesto ser alto ayuda, pero de ninguna manera la altura determina de forma impepinable la habilidad del jugador en cuestión. ¿Qué pasa si nuestra supuesta estrella del basket, de 2,20 de estatura, tiene la puntería en el ojete y no encesta ni a la de tres? ¿O si es manco? ¿O si tiene la agudeza visual de Rompetechos? ¿O si no sabe jugar en equipo? ¿De verdad alguien cree que nuestro 2,20 va a jugar bien al baloncesto?
Con la inteligencia, perdón, con el C.I. ocurre exactamente lo mismo. Para "llegar lejos" (que cada cual defina esto como mejor le parezca) ser muy inteligente puede ayudar... pero no necesariamente. El mundo laboral no es igual que el mundo académico, donde el más empollón es el que mejor expediente tiene. En el mundo laboral, boys and girls, hacen falta otras habilidades que son tanto o más importantes que la capacidad intelectual. Las habilidades sociales, por ejemplo. La capacidad de trabajar en equipo, cuando sea necesario. La mano izquierda. La humildad para no ir de sobrado y admitir que aún puedes aprender más, aunque hayas sacado la carrera con matrícula de honor. La actitud cooperativa o competitiva, según el caso. En fin, tantas cosas que además dependen de tantos factores sociales y ambientales que reducirlo todo al C.I. es de tontos, o de mal informados.
Y luego van y le echan la culpa a lo mal que está el sistema educativo (que lo está), a que si a los pobrecitos superdotados los machacan y les quitan las ganas de aprender, que si la envidia de los compañeros, que si hay que ocultar la propia capacidad porque si no mira tú el problema, etcétera, etcétera, etcétera. Y, mientras, a llorar y a lamentarse de que "la sociedad no les valora". Como si eso dependiera del C.I., de la estatura o de lo que te mida la polla.

Así las cosas, y tras alcanzar el máximo en el SAT, un test de acceso a la universidad, Justin se incorporó a la de Rochester (¿os suena?) en calidad de alumno, cuando todavía conservaba la dentición de leche. Y allí, con el niño rodeado de veinteañeros, se desató el drama. Después de algunas clases, Justin empezó a tener ataques de pánico. Lloraba a gritos, vomitaba, se escondía debajo de los bancos y se golpeaba la cabeza con las mesas. Tras lo que pareció un intento de suicidio, la madre lo llevó al psiquiatra. El diagnóstico fue claro: Justin no sólo no era un genio, sino que había estado tan presionado por su madre que se había vuelto loco del todo. Ni que decir tiene que los tribunales le retiraron la custodia a semejante irresponsable y enviaron al niño a una clínica psiquiátrica para menores.